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El sonido de los colores

jueves, 29 de enero del 2009 a las 05:19
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El sonido de los colores

Como diría Raúl Paz el tiempo se hace corto cuando la vida no se queja.

Y eso sucedió, que la vida no se quejó, de modo que, raudas, se fueron descontando las horas de los viajes que las palmbicheras habían soñado por separado.

Anna, en secreto, volaría lejos... Allí donde se quedaron sus recuerdos 5 meses atrás, sorprendería hasta al apuntador del festival navideño catalán.

Ara y Jezabel bailarían al son del sabroso mojito todos los días y todas las noches en una Cuba, ya amada, que les dejaría un sabor agridulce  y deseos de volver.

Cuando Araceli y Jezabel bajaron del cielo cubano para aterrizar de nuevo en Miami vieron, a solo unos metros, y al más puro estilo Marcela Serrano, a Anna, queridamente reconocible. 

Un único abrazo rebozó a las palmbicheras en esa triple fragancia extrañada.

Ni si quiera 48 horas más tarde la casa tendría dos sonrisas invitadas: Carmen, la de mamá de Jezabel y su novio Manuel. Una sobredosis de comida y amor inundó la cotidianeidad, poco deseada, de las palmbicheras.

Regalos, puerros, conversaciones, trapos de cocina, consejos, naves espaciales, vinos exquisitos, chistes, libros, sábanas, canciones... pormenores y porenormes compartidos en unos días, de nuevo, sin queja.

Y en ese vacilo de tiempo y de lugares, de sentimientos recientes y añoranzas palpitantes llegaron las Ara, Anna y Jez al siguiente fin de semana.

Los ojos son esa parte de nuestro cuerpo por donde se absorbe la luz de cada color, los colores que son de verdad, los que lo parecen y los que nos imaginamos. Los ojos captan cada imagen a nuestro alrededor y la convierten en algo real, que a la vez es siempre temporal.

Los ojos de las palmbicheras amanecen soñolientos, pero conscientes del trabajo que tienen por delante, se desperezan entre guiños amarillos  y esa paleta de azules violáceos que se enmarañan en el cielo, a esa hora en que las calles están aún por poner.

Pero por suerte también cada día la mañana tiene una intensidad diferente y sobre todo cuando se trata del:  yes, weekend!

Empezó nuestro viernes azul oscuro, con diversas energías y un solo objetivo en las mentes: ordenarnos.  Ordenar lo vivido, ordenar los calcetines, ordenar los sentimientos, ordenar facturas, fotos y susurros desordenados sobre la piel.

Cuando una sube a un coche (y más si es un Jeep Cherokee dorado!) los sueños se confabulan, charlan y se pelean por caber todos dentro.

Salimos con más peso del necesario, un buen  pedazo de nuestra despensa, mucha música, y  una colcha. Llegamos sin darnos cuenta a Sarasota, después de cruzar en línea recta la península de Florida.

Sarasota es una ciudad bonita, elegante, con un círculo lleno de palmeras, tiendas con encanto y un poco caras, todo hay que decirlo, y una heladería que nos regaló el primer ataque de risa. Anna, sonriente, se plantó delante del mostrador y pidió un gofre de chocolate. La dependienta, con el local completamente vacío, se empeñó en que para poder atenderla, Anna debía seguir el camino que señalizaban unas barras metálicas de esas que se encuentran en las colas de los parques de atracciones.  Así que Anna, en contra dirección, fue hasta el final de las barras y volvió deshaciendo sus pasos, lo que provocó la risa casi al punto del pipí de las otras dos palmbicheras, que atónitas observaban la situación sin acabar de dar crédito a tal numerito. Con muchas ganas de llevarnos un recuerdo  del momento, salimos de la heladería con la foto de la vaca risueña de la puerta.

Para acabar de redondear el circo de los sinsentidos, al salir del local nos cruzamos con una encantadora pareja de viejecitos paseando un cochecito de bebé que resultó llevar dentro a un perro Chiwawa , cosa que dejo perpleja a Araceli y al reguero de personas que iban paseando por allí durante un buen rato.

Partimos dirección a Siesta Key, un cayo que prometía descanso a la española, haciendo antes parada obligatoria en la imagen gigante de una pareja besándose, que se llama originariamente "Rendición incondicional" aunque nosotras la llamamos "El beso". La escultura de 8 metros de alto reproduce una foto que fue portada del New York Times donde se podía ver a  un soldado que regresaba de la Segunda Guerra Mundial besando a una enfermera. 

Siesta Key nos regaló ese día sonrisas de tranquilidad y algún suspiro blanco como blanca es la inmensidad que se gravaba a fuego lento en nuestras retinas. Al compás de una marea azul que solo se intuía, nuestras respiraciones bailaban montadas en una brisa verde claro, casi blanco, y nuestras sombras jugaban a ser eternas, aprovechando que nadie las veía.

Abandonamos la arena con la certeza de haber encontrado un trozo del paraíso tan esperado, interior  y exteriormente  y con un improvisado almuerzo a base de ensaladas, mimos y embutido, bañamos nuestro pequeño trozo de cielo, y lo compartimos.

Perseguimos al sol aquella tarde a lo largo de los cayos que acarician la costa Oeste de Florida. Cuando el día aprende a envejecer, las palmbicheras se sientan en una roca y le cantan al sol melodías mudas, de victorias y de fracasos, y con mucha ternura le dicen adiós.

La luz, siguiendo los pasos del astro rey, empezaba a desaparecer y decidimos que era el momento de buscar un refugio para revisar nuestro mundo particular. Intentamos sentarnos en un bar bonito que yacía sobre la arena blanca,  aunque se ve que, aunque queramos, no somos tan originales y la cola de los que querían hacer lo mismo que nosotras, inundaba la playa.

Nos marchamos buscando otro sitio para reposar, y lo encontramos. Sabíamos que Florida era conocida como el estado del retirado pero no lo vivimos en propias carnes hasta ese momento. El bar era una especie de cabaña del jubilado, con tiernas viejecitas comiendo trozos de pastel y algunas parejas de pelo grisáceo y manos experimentadas bebiendo cerveza.

Cansadas decidimos que teníamos que empezar a buscar un sitio para dormir. Entonces empezó el camino de todos los moteles, hoteles y resorts que inundan las calles de Anna Maria Island. Nos distribuimos misiones, como buenas Ángeles de Charlie; Jezabel conducía, Anna y Araceli se encargaban de localizar y bajar a preguntar si tenían habitación libre y cuanto podía costarles. Recorridos los primeros 10 hoteles y vencidas por el hambre, decidimos volver al hotel donde un chico con una sonrisa muy bonita nos había dicho que nos dejaba la habitación por 100 dólares. Cuando el muchacho de sonrisa perfecta  nos vio entrar por la puerta nos sonrió y Ara lo aprovechó para preguntarle que si iba a respetar el precio acordado previamente a modo de "tarifa last minute". El chico preguntó cuánto habían acordado, a lo que ella, rápida y veloz respondió;  90 dólares, no?  De acuerdo, susurro él con una mirada de complicidad.

Al final descubrimos que el sitio era un súper resort con cabañitas que se posaban tranquilas sobre la arena de la playa, a la que se accedía desde la terracita de nuestra cabaña.  El sitio, maravilloso, inundó nuestros sentidos de paz y de la alegría de quien acaba de descubrir un tesoro enterrado. Tesoro que además nos había costado menos de la mitad de su precio original. Agradecidas como somos, al día siguiente le explicaríamos al chico lo feliz que nos había hecho con ese acto de generosidad. Y él, enseñándonos que la vida sigue sonriéndonos hasta cuando nos sentimos desordenadas, nos regalaría tiempo, dejándonos quedar en ese nido de calma hasta las 2 del mediodía.

La noche y la mañana que pasamos ahí, fue una de esas cosas que sabes de antemano que vas a recordar siempre, aunque es difícil explicar por qué.

Cenamos juntitas al lado del mar. Nos fuimos a dormir vencidas por la noche y despertamos queridas por el día. La cabañita de blanco y madera nos regaló un desayuno de dos horas, bañado de confesiones íntimas, secretos de la piel y memoria de los ojos.  Esa mañana ordenamos presente, amamos futuro, y compartimos pasado.

Partimos una vez más dejando detrás un poquito de nosotras mismas entre las sillas de mimbre, en el marco de la ventana, entre la grieta de la madera del suelo, en las hamacas azules y blancas que cobijaron nuestros oasis de aire, de esperanza, de orden...

Con tres sonrisas verdes y una canción, dejamos la isla y seguimos el camino en busca de lo que empezó siendo nuestro objetivo, San Petersburgo. Cuántas veces hemos oído que no es tan importante la cima de la montaña, sino la felicidad que sentimos durante el camino de subida, que no hay que pensar en la meta, sino en disfrutar el trayecto!! Las palmbicheras  muy aplicadas, lo vivimos en nuestra propia piel ese fin de semana.

El camino más corto hacia San Petersburgo desde el sur atraviesa la Bahía de Tampa por un puente largo que desde lejos tiene la forma de una V al revés. Lo cruzamos ya de tarde, y vimos como el sol doraba las olas de la Bahía, concediéndole al día su merecida belleza.

Sólo llegar a la ciudad, el museo Dalí salió a darnos la bienvenida, apareciendo en nuestro camino con el surrealismo pertinente que caracterizaba al genio catalán. Pudimos sentirnos un poco más cerca de casa entre sus cuadros y sus colores y por primera vez desde que llegamos, sentimos que los guiris eran los americanos esta vez y no nosotras.

Nos hospedamos en una  especie de hotel en pleno centro. Por si el sitio no dejaba bastante que desear Araceli se cargó la persiana de la habitación, pero su ascensor de antes del paleolítico nos deslizó igualmente 8 pisos hasta la calle, por donde paseamos sin problemas de aparcamiento. Nos regalamos una noche en el café Alma, que mimó la nuestra de alma, con una buena dosis de colores en el paladar. Y nos dormimos juntas, acunando promesas y alguna que otra inquietud.

El ultimo día de nuestro viaje tenía nombre propio: El día de Martin Luther King Jr. y eso se respiraba en los comercios cerrados y en las desfiladas con domingueros y chiringuitos de "hot dogs" con olor a cebolla refrita incluidos.

Nosotras preferimos pasear en busca de la  famosa pirámide invertida que aparece en todas las guías de San Petersburgo. Y la encontramos inmóvil, al final del paseo por donde los autobuses disfrazados de tranvía rojo suben y bajan sin parar.

Aunque habíamos imaginado la pirámide mucho más grande, como buenas amantes de la vida, la disfrutamos, y aún cuando los pájaros gigantes y hambrientos hicieron la vida imposible a Anna, la admiramos con la sonrisa de quien ve algo que no había visto nunca antes.

Antes de emprender el viaje de vuelta, paramos en "Sunken gardens", un jardín botánico con algunos animales típicos de la zona que además reposa a 3 metros por debajo del nivel de la calle. Nos paseamos entre corazones verde hoja y corazones rojo piedra, y disfrutamos de los tan esperados flamencos, símbolo del estado que nos da cobijo des de hace ya 6 meses. Nos regalamos unos minutos en la anciana "Growing Stone" y es que dice la leyenda que esta roca fosilizada tiene el poder de garantizar al que se siente en ella, armonía interior, tranquilidad, y el talento de hacer crecer las cosas que le rodean.

Que crezca el amor, que crezca la comprensión, que crezca la empatía y la solidaridad. Que crezca la vida y que crezca siempre nuestro interior.

Pedimos deseosas de hacer el mundo ni que sea un poquito mejor, y partimos hacia la ruta 275  que nos llevaría a casa.  Dejando pasar los segundos en la carretera, y sin ni una gota de batería en nuestros aparatos de música, las palmbicheras cantamos canciones de colores, de todos los colores, todo el camino de vuelta y nuestros ojos cansados se cerraron esa noche sabedores de la inmensa suerte que tienen de ver, de sentir, de querer, de compartir pero sobre todo, contentos de ser seis y no dos.

 http://www.youtube.com/watch?v=eUgo8BzidgE

Comentarios sobre El sonido de los colores

Eva Eva

Hola princesas, estais muy guapas en el video, especialmente Anna, con sus pendientes de aros y el pañuelo liado al cuello, tal y como yo la guardo en mis recuerdos, con ese aire de danza del vientre, mistica.  Tengo curiosidad por lo de que sois seis y no dos....?????
Besos vitaminados para que os den energia!!! 

Florins Florins

Hola preciosas,
Grácias por regalarnos vuestros momentos , a la vez, y discretamente, los hacemos un poco nuestros , grácias por dejarnoslos compartir,  y así verlos a través de unas cortinas traslúcidas de amor.
Gràcias por estar, y vivir , vivir la maravillosa vida que nos han regalado.
Besos de todas las flores y de todos los colores....

Inma Inma

Pero que arte tiene mi prima escribiendo... es que nos transportas a tus momentos mágicos... y desde aquí sentimos añoranza de no tenerte cerquita, pero me encanta que disfrutes cada minuto y que nos cuentes con esas palabras mágicas vuestras aventuras!! Os envío muchos besitos!!!!

Fino Fino
Mother mine! Que guapas... Anna we miss U!!! Muaks
MARTA CON 8 AÑITOS MARTA CON 8 AÑITOS

Hola como estais???? por lo q leo bien Besotengo ganas de verte.
Gracias por el mensaje q me enviastes al movil de mama.Yuhu ya tengo 8 añitos el viernes hare una fiesta del pijama.Ya te contare .
UN BESOTE MUAAAAK

He pintado cuadros con sentimiento, con expresión, compasión, miedo.......pero jamás le he dado sonido al color de la amistad. Gracias por vuestra inspiración. Ahora a soltarle tinta al lienzo. Cuando lo termine prometo enviaroslo. Besitos prima Ara.


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