Donde se acaba la tierra empieza el finde
Emprendimos el viaje por la South 1 dispuestas a llegar allí donde algún americano egocéntrico debe pensar que se acaba el mundo y en realidad es el principio de algún tipo de paraíso: Key West.
La carretera se presentó un tanto pesada: mucho tráfico, excesivos semáforos y pegajoso calor hicieron que la conducción sólo fuera amenizada por la música y las conversaciones. Tanta capacidad tuvimos de entretenernos con ello que hasta chocamos con un deportivo amarillo marca desconocida representada con dos banderitas! De problema en problema y tiro porque me toca... Este Curro no nos deja descanso! Tuvimos que parar en el arcén, warmings encendidos, caritas de pena y un sentido sorry saliendo de la boca de Jezabel. No resultó ser más que un piquito de adolescentes entre dos coches. Creemos que Curro se enamoró a primera vista de aquella máquina diseño italiano... claro, normal, con aquellas curvas! Pero pobre, no fue correspondido, así que el ricachón vestido casual se despidió con un cortés it's ok y pisó gas a fondo asegurándose de no volver a poner en riesgo a su cochecito burgués, sin dignarse si quiera a presentársela a Curro o a darle su número de teléfono.
Transitar por una carretera construida sobre el mar es una experiencia increíble. No cabe duda de que esta infraestructura supone un desastre natural y un desorden paisajístico de desmesuradas dimensiones. Pero como hacemos con tantas otras cuestiones en esta vida -juicios a parte-, aunque no hubiéramos dado nuestro voto de apoyo para realizarla, una vez hecha, disfrutamos de ella.
Pasado el primer puente en el que hay una señal que alerta de que pueden haber cocodrilos cruzando, nos dimos cuenta de que nos adentrábamos en un mundo nuevo para nosotras. Aunque grandes, nuestras imaginaciones nunca hubieran podido llegar al nivel que luego alcanzó la realidad.
Key Largo es el cayo que da la bienvenida y nos recibió con un tremendo atardecer en escala de lilas que sirvió de fondo para las primeras fotos de un fin de semana digno de angels. El vino que nos tomamos con vistas al mar caribeño nos supo a gloria, una gloria parecida a la que llegaríamos chispeantes y entre sábanas dentro de una cabaña al pie de la carretera que nos estaba acercando al paraíso ya mencionado.
Playa Honda se encuentra a sólo 60 millas de Key West. Araceli, como buena isleña, experta en paradores de ensueño, aseguró que era una de las playas más bonitas en las que había estado nunca: arena blanca que pareciera polvo de perlas, agua transparente que dejaba visible nuestros cuerpos (de sirena of course ja ja ja), pececillos blancos nadando entre nuestros pies, apenas oleaje que rompiera el silencio, lo justo para acompasar el ritmo de descanso deseado.
Cuando estábamos a punto de irnos, hicimos parada obligada en el bar para comprar agua que hidratase las pieles bronceadas. Entonces pasó algo: apareció ante nuestros ojos el chico más guapo visto desde que pisamos suelo americano (adjuntamos fotos que lo demuestran a pie de página). Que nuestros amigos no se pongan celosos porque en pro al orgullo europeo tenemos que decir que más tarde descubriríamos que era italiano... el día que demos con un "peaso" de tío americano le dedicaremos un capítulo entero del blog.
La ciudad más sureña de los EE.UU tiene más bien carácter de pueblecito costero, un decorado muy cercano al popular lugar de encuentro de la pandilla de Verano Azul. La gente pasea en chanclas, en bici o en scooter por las calles repletas de tiendas vestidas de bikinis y pareos de colores. Todo huele a langosta a la plancha y a sal y sabe a lime pie y a cócteles frutales granizados y aliñados con algún toque alcohólico. La música y el aire fresquito salen de cada uno de los establecimientos que decoran el paseo y en los que te reciben siempre con una sonrisa y un hello, how are you? que siempre suenan amables. Si el cansancio te vence o consolidar la "turistada" te puede, lo más inn es subirte en un carrito cuyo motor son las piernas musculadas de un chico que acostumbra a ser joven y a pedalear alegremente mientras te da conversación. Anna no paraba de repetir que Cuba estaba impregnada en el aire, que lo notaba en el acento de algún piropeador, en los árboles de flores rojas que sólo allí había visto y en las casas tuticolori de la periferia. Y es que una vez ambos territorios estuvieron unidos, pero tras el Big Bang solamente 90 millas separan a las potencias enemigas, emblemas capitalista y comunista por excelencia. El monolito (o Manolito como dijo Araceli) lo constata.
Hasta ahí lo fuimos interiorizando con naturalidad y expresada felicidad. La noche fue el impacto más heavy y la evidencia real de que América es más freaky de lo que pensábamos además de un país muy falso y contradictorio en sí mismo. No te venden cerveza en la playa y nosotras no podemos ir a trabajar en tirantes a la escuela, pero sí que se puede comprar un pedazo de pizza vistiendo unos simples calzoncillos, bailar en la terraza de un bar -free entrance y aparentemente normal- totalmente desnuda, sólo cubierta por la ligera capa de un boddy-painted o menearse sin complejos como tu madre te trajo al mundo (aquí ni pintura de cuerpo ni leches) luciendo un micro pene y unos cuantos kilitos de más. Bailan tan pegados que ponen sus corazones a prueba de infarto y cualquier excusa es válida para iniciar una conversación o invitarte a una copa, pero cuidado, en el menor descuido investigan tus caries sin permiso.
Nosotras recorrimos arriba y abajo Duval street, entramos en todos los garitos que nos llamaron la atención, bebimos moderadamente, bailamos más recatadamente de lo habitual y sobretodo en comparación al resto del personal, conocimos homosexuales, heterosexuales y hasta cantamos Maná en un karaoke. Nos fuimos a dormir juntas per no revueltas.
Regresamos felizmente cansadas a nuestra nueva casa la cual será estrella invitada, bajo vuestras insistentes peticiones, en próximos capítulos.
PD: porque una imagen vale más que mil palabras visitad youtube http://es.youtube.com/watch?v=Voq_9JZ4zOQ



